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Era de noche y hacía frío. Mucho frío. El
negro del cielo formaba un pesado contraste con los puntos de luz de millones
de estrellas que lo perforaban. Una luna enorme lo miraba todo con fría
indiferencia circular y su alumbrado fantasmagórico se reflejaba sobre el
blanco mar de nieve que, excepto algunos negros islotes que podían
interpretarse como avanzadas del bosque durmiendo sobre el horizonte, proponía
un ambiente sepulcral; como anunciando alguna inminente tragedia.
El centinela se sacó los gruesos guantes y
se sopló las manos en un gesto tan instintivo como perfectamente inútil. Con
treinta o cuarenta grados bajo cero, la temperatura de su propio aliento era
como un fósforo prendido en medio de un glaciar.
Miró a su alrededor y se sorprendió al
darse cuenta de que, en lugar de cumplir con su teórica misión de vigilar y
observar cualquier movimiento inusual, estaba simplemente mirando el paisaje.
Una irregularidad disciplinaria que, de seguro, no figuraría jamás en el libro
de guardia. A menos que al enemigo se le ocurriese atacar justo en ese momento,
en cuyo caso sí figuraría. O quizás ni aún así. Quizás si el enemigo atacaba no
quedaría nadie para anotar nada en el libro de guardia.
Cerró los ojos y escuchó. Si la iluminación
era sepulcral, el silencio directamente parecía de ultratumba. Pensó que eso
era consecuencia de la nieve. La nieve amortigua los ruidos. En otoño no se
puede caminar por un bosque sin hacer ruido. Las hojas caídas, las ramas secas,
lo delatan a uno. Solamente en las viejas novelas de vaqueros existieron silenciosos
indios que, con livianos mocasines de cuero de alce, eran capaces de moverse
por el bosque en perfecto silencio. En la vida real del centinela las cosas se
presentaban muy distintas. Con pesados borceguíes y todo el equipo cargado, sólo
en invierno hubiera sido posible desplazarse en silencio. Y aún así, alguna
correa, algún herraje, algún arma, alguna bayoneta y hasta alguna aspirina en
su caja habría hecho algún ruido. Y en medio de un silencio total, hasta el más
pequeño tintineo hubiera sonado como un disparo.
No. Decididamente no había enemigos en la
cercanía. Además: ¿a qué imbécil se le hubiera ocurrido salir a atacar
posiciones enemigas justo en una noche como ésa? Una noche así era como para
quedarse en casa, al calor de un buen fuego. Quizás con una buena copa en la
mano. Quizás hasta con una buena mujer. Quizás parafraseando a aquél caballero
inglés que habría dicho que todo lo que un hombre necesita es un buen perro,
una buena mujer y un buen vaso de whisky.
Pues esa noche, el buen caballero inglés –
pensó el centinela – decididamente no hubiera sido feliz. No había una sola
mujer (y ni hablar de una buena mujer) en al menos cincuenta
kilómetros a la redonda. La mezquina provisión de pésima grapa que uno de los
hombres del pelotón había conseguido contrabandear y traer consigo ya se había
terminado hacía dos semanas. Y en cuanto a un buen perro... El centinela
observó el paisaje. No. No sólo no había perros. Ni siquiera había lobos
aullándole a la luna, como lo habría requerido en forma obligada cualquier melodrama
escrito como Dios manda.
Dios. Sí. Uno hasta tenía ganas de
preguntarse que podía estar haciendo Dios en noches como ésa. O qué podía estar
pensando cuando, como había sucedido meses atrás, sobre esa misma llanura y en
esos mismos bosques entonces aún no cubiertos de nieve, las criaturas hechas a
su imagen y semejanza se dedicaban frenéticamente a la ardua tarea de
despedazarse los unos a los otros. Y todo ¿por qué? Pues, porque...
El centinela se atascó en su línea de
pensamiento. Sí. ¿Por qué en realidad? Hacer kilómetros y más kilómetros a marchas
compulsivas, cavar trincheras como un topo histérico; arrastrarse en medio de
cuanta espina se le ocurrió inventar a la naturaleza; comer poco, de a ratos y
mal; sentir la lengua reseca y la garganta ardiendo por la sed; tener todos los músculos del cuerpo casi
petrificados de frío; soportar el miedo con temblores de estómago cuando el
aire resulta invadido por balas y esquirlas que, silbando furiosas, lo vienen a
buscar a uno. Y uno sobrevive solamente si tiene la suerte de que toda esa
porquería no lo encuentre. O quedar herido y empezar con la gangrena para que
un médico devenido en carnicero ampute lo que sobra para salvar lo poco que
queda. Y salvarlo ¿para qué? ¿Para terminar lisiado y volver a casa, con lo
poco que queda, siendo un perfecto inútil? ¿Recibir una medalla al heroísmo y
pasar a ser el tullido del pueblo por el resto de tu condenada existencia?
No. Los únicos héroes verdaderos son los
héroes muertos. O los locos tan condenadamente desquiciados que hasta tienen la
increíble suerte de no cruzarse nunca con un pedazo de metal volando por el
aire. Los primeros entran en los libros de historia. Los segundos se convierten
en los hombres populares que seducen a las mujeres populares. Los otros; los
tullidos, los amputados, los que vuelven con fatiga de combate, los que se
despiertan de noche gritando; esos no cuentan. Como máximo alguien los sacará a
pasear en un desfile para mayor gloria de la Patria. Pero la verdad es que ya
no servirán ni como elemento decorativo en la utilería de los homenajes
patrióticos.
¿Y todo para qué? Para nada. Para que
dentro de diez, veinte o cincuenta años alguien invente una guerra en algún
otro lugar – o, dado el caso, hasta en el mismo lugar – y todo empiece
de nuevo. Con otras armas más perfeccionadas en el difícil y dudoso arte de
destrozar a un semejante, con otros pretextos (probablemente tan sólo más
estúpidos), pero con la misma crueldad, con la misma saña, con la misma ciega,
furibunda y descontrolada ambición de prevalecer sobre el otro por medio de la
muerte del otro.
¿Y Dios? Es curioso. Pero Dios parece
venirlo tolerando desde hace por lo menos dos millones y medio de años. El
centinela de pronto recordó un libro de antropología que había leído en su
juventud. En una de sus páginas aparecía el cráneo de un humanoide que, según
la opinión de los que dicen que saben, habría vivido hacía unos 40.000 años
atrás. El cráneo estaba destrozado y perforado, muy probablemente por una
piedra. Sí. El fenómeno no era nada nuevo. Venía repitiéndose desde la noche de
los tiempos y, casi con absoluta seguridad, seguiría repitiéndose hasta el día
del Juicio Final.
El centinela volvió a ponerse los guantes y
se puso a caminar para hacer su ronda. Lo hizo en parte para combatir el frío
con un poco de movimiento pero en parte, también, en forma mecánica. Porque, si
todo era así, no podía dejar de tener la sensación de que no tenía sentido.
Nada tenía sentido.
El conflicto no tenía sentido. Un par de
señores en alguna parte decide de pronto atacar a otro par de señores en otra
parte. Y después de eso te sacan de tu casa, te meten en un uniforme, te
enchufan un arma y una tonelada de municiones, te cargan en un transporte, te
tiran en medio del campo te dicen: “Si aparece alguno vestido de una manera diferente
a la suya, mátelo. Porque si no lo mata, el otro lo va a matar a usted”.
Eso no tenía sentido. ¿Para qué matarlo? Bueno.
En realidad, para que el otro no me mate. Pero ¿por qué habría él de querer
matarme? El centinela no pudo reprimir la mueca de algo que podría haber sido
una sonrisa. Es un poco obvio ¿no es
cierto? Al otro le habrán dicho exactamente lo mismo...
Somos solamente peones de un enorme juego
de ajedrez jugado por los grandes poderosos. ¿Y si Dios está haciendo lo mismo
con nosotros? ¿Y si somos solamente peones del universal juego de ajedrez
jugado por Dios? Pero ¿por qué habría
Dios de jugar al ajedrez usándonos como piezas del tablero cósmico? No. Quizás
esa no sería la pregunta correcta. No se puede jugar al ajedrez contra uno
mismo. Los poderosos del mundo juegan los unos contra los otros. ¿Contra quién
estará jugando Dios?
¿Podría estar jugando contra el demonio?
No. Tampoco tiene mucho sentido. Un combate, cualquier combate, hasta uno
incruento como el ajedrez, sólo es posible si la victoria es incierta. Si la
victoria está determinada de antemano el combate es una reverenda estupidez. Si
Dios es todopoderoso el demonio no podría ganar nunca. Y el diablo podrá ser
muchas cosas pero no es estúpido.
Pero... ¿y si Dios no quisiera ser siempre todopoderoso? ¿Y si Dios permite que elijamos para hacernos responsables de
nuestras elecciones? ¿Y si el Bien y el Mal están ahí para obligarnos a
elegir? ¿No hablan acaso los orientales del Yin y del Yang como tensiones
contrapuestas cuyo punto de equilibrio constituye una de las máximas
sabidurías? ¿No está acaso todo el cosmos compuesto por partículas con cargas
opuestas que se rechazan entre sí? ¿No es por esto que giran los planetas
alrededor del sol? ¿Y si todo no es más que una eterna guerra entre lo que está
bien y lo que está mal?
Porque, si fuese así, no debería resultar
muy difícil decidir de qué lado uno quisiera pelear. Y hasta podría llegar a tener
algo de sentido. Ser el peón de ajedrez de una partida jugada por dos idiotas
que un día se levantaron con ganas de aniquilar al otro no es demasiado
atrayente, por cierto. Además, en esa lucha uno ni siquiera puede elegir de qué
lado está. Uno es ciudadano de un país; te encajan un uniforme y te despachan.
En alguna parte hay que nacer. De modo que uno, ciudadano, es. Lo quiera o no.
La patria no se elige. Se acepta.
Pero en el otro caso no. Uno podrá ser un
peón en el tablero. O quizás, si tiene méritos suficientes, incluso alguna
pieza un poco más valiosa. Lo bueno, en todo caso, es que puede elegir de qué
lado del tablero va a participar. Y eso depende de lo que uno quiera ser en la
vida y de lo que uno quiera hacer en la vida.
Si uno quiere ser rico, poderoso, famoso,
popular y aplaudido, el diablo podría ser una buena opción. Al fin y al cabo,
al menos según la leyenda, esas son las cosas que siempre ofrece el diablo.
Pero si uno quiere ser simplemente un tipo como la gente, una buena persona; si
uno quiere hacer cosas que realmente valgan la pena, construir cosas que perduren,
que sean buenas, útiles o simplemente hermosas, para dejárselas a los que
vendrán después, cuando uno ya no esté más entre los vivos; si uno quiere ser
uno de esos seres humanos que se mencionan con respeto y se recuerdan con
cariño, o al menos con gratitud, entonces la opción es otra. Quizás no la de un
Dios eternamente enojado, con barba en la cara y truenos en las manos, que castiga
con fuegos eternos y vahos de azufre a los que se acuestan con la mujer del vecino.
Pero sí podría ser la opción por un Dios comprometido en una titánica lucha
contra todos aquellos empecinados en convertir su hermosa creación en un
chiquero infernal.
El centinela completó su ronda y regresó a
su punto de partida. Volvió a sacarse los guantes y se sopló las manos en el
mismo gesto tan instintivo como perfectamente inútil. Respiró hondo y el frío
le hizo doler los pulmones. Pero esta vez el dolor no le molestó tanto como
otras veces, ni el aparente sinsentido de la guardia le irritó tanto como en
otras oportunidades. Si uno podía
elegir la trinchera, la guerra podía llegar a tener sentido.
Claro: no la guerra entre los cretinos
poderosos de turno. Pero sí la otra. La que uno elige para convertirse en el pequeño
aliado de un Dios que ha hecho muchas cosas buenas y hermosas.
Como, por ejemplo, ese inmenso cielo
formando un misterioso contraste con esas millones de estrellas enviando
mensajes de luz desde la inmensidad del espacio sideral. Como esa luna enorme
que lo mira todo con su algo graciosa cara de torta y cuyo delicado resplandor
ha iluminado discretamente el beso de tantos enamorados. O como ese blanco mar
de nieve que hacía de impoluta alfombra tendida ante el silencioso bosque
durmiendo sobre el horizonte y que, en la próxima primavera, dejaría de ser silencioso,
dejaría de dormir, para convertirse en el ruidoso hogar de miles y miles de
seres vivientes en una magnífica explosión de vida.
Si. Uno podía imaginarse ser el pequeño
aliado del Dios de los grandes lagos, las altas montañas, los alegres arroyos,
las imponentes llanuras y, ¿por qué no?, los buenos perros, las buenas mujeres
y el buen whisky.
.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.
El centinela se estaba volviendo a poner
los guantes cuando vio aparecer desde las trincheras a su relevo.
– ¿Alguna novedad? – preguntó el relevo,
con visible cara de semidormido y obviando todo el protocolo exigido por el reglamento.
– Sin novedad. No hay movimiento. Todo tranquilo.
¿Dormido todavía?
– Un poco. Lo que pasa es que venía
durmiendo como un tronco.
– La verdad: lo envidio. ¿Cómo lo
consiguió?
– ¿Quiere que le sea franco? ¿Totalmente
franco?
– Por supuesto
– La pura verdad es que, cuando usted está
de guardia, yo siempre duermo como un tronco.
El centinela, halagado, no pudo menos que
sonreír. Abiertamente esta vez. Palmeó al relevo en la espalda con esa
camaradería que solamente puede producir la trinchera y, ya retirándose,
comentó:
– Eso es bueno. Porque ahora soy yo el que
va a dormir como un tronco.
Mientras se retiraba, el centinela le echó
un último vistazo, esta vez realmente crítico a la gran alfombra blanca que los
rodeaba. No. Esa noche el enemigo no atacaría. Y, si atacaba, pues tanto peor
para él. El pelotón podía andar mal de provisiones y de comodidades pero estaba
bastante bien equipado de hombres que sabían hacer lo suyo.
¿Y el enemigo? Y... probablemente el
enemigo estaba en la misma situación. Pero, desgraciadamente, uno en esta vida
muchas veces no elige a su enemigo. A veces es elegido por un enemigo. Y es
arrastrado a un combate que no eligió. Y tiene que sufrir todas las calamidades
del combate porque, como sabe todo veterano, más de la mitad de la guerra es
hacer guardia y sufrir. Y además tiene que pelear aunque no quiera. Quizás
hasta contra un enemigo al cual, al final, no podrá vencer.
Pero, de todos modos, la victoria es
incierta. Y cuando la victoria es incierta el combate siempre es posible. Y hay
solamente dos caminos para quien resulta atacado, en una situación incierta,
habiendo sido elegido por un enemigo al que no buscó: o combate, o se convierte
en desertor. Otra opción no existe. Este universo es aparentemente tan binario
que hasta la vida misma a veces lo sitúa a uno frente a opciones binarias y
excluyentes. Y muchas veces estas opciones son extraordinariamente crueles y
requieren decisiones terriblemente difíciles. Pero, en contrapartida, la vida
no ofrece solamente la recompensa de una victoria posible. También ofrece la
recompensa de la satisfacción íntima por una decisión bien tomada, llevada
hasta el final, con honor, responsabilidad y sentido del deber. Y, en la
victoria o en la derrota, esa satisfacción vale más que todas las medallas del
mundo. Porque aún la más insigne y prestigiosa de las medallas del mundo sólo
vale si el que las lleva despierta en sus semejantes dos actitudes que
únicamente los auténticos héroes pueden despertar: reconocimiento y respeto.
El centinela se quitó el casco y, vestido
como estaba, se tiró sobre su litera. Su último pensamiento, antes de quedar profundamente
dormido, fue muy tranquilizador. Por un lado, sabía que allá afuera había un
hombre responsable, vigilando la noche y cumpliendo con su deber. Y por el otro
lado, era reconfortante saber que el Dios de los grandes lagos, las altas
montañas, los alegres arroyos, las imponentes llanuras y, ¿por qué no?, los buenos
perros, las buenas mujeres y el buen whisky, seguramente jamás aceptaría a un
desertor entre sus aliados.
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