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El Mago de las Luces
(Un
cuento de Navidad)
H ace muchos, muchos años atrás, en los
tiempos en que todavía no había ni luz eléctrica – ni por supuesto televisores, ni computadoras, ni teléfonos – en un
pueblito muy pequeño casi perdido en las montañas vivió un anciano llamado
Gianpietro.
Simplemente Gianpietro.
Nadie supo nunca su apellido; aunque
también es cierto que jamás nadie se preocupó mucho por averiguarlo. En
aquellos tiempos los apellidos todavía no tenían la importancia que hoy tienen.
La gente recibía el nombre de su oficio y podía llamarse “Juan, el Herrero”
(con lo que hoy lo llamaríamos quizás Juan Herrera); o podía recibir, como
referencia, el nombre de su padre y llamarse “Pedro, el hijo de Gonzalo” (y hoy
lo llamaríamos quizás Pedro Gonzalez); o podía ser llamado también según el
lugar del que provenía como, por ejemplo, “Edmundo, el de la ribera” – por
haber nacido o por vivir cerca de la ribera del río – y hoy quizás
terminaríamos llamándolo Edmundo Rivero...
Tampoco los habitantes del pueblito
hubieran podido decir a ciencia cierta de dónde había venido. Los muy viejos y
casi tan viejos como Gianpietro, sólo sabían que, cosa de unos cincuenta o
quizás sesenta años atrás, un buen día apareció por el pueblo – viniendo vaya
uno a saber de dónde – un muchachito de unos quince o diecisiete años buscando
trabajo; aunque más que un trabajo, lo que buscaba – según dijo – era un oficio
para aprender.
A la mayoría de la gente del pueblo el
jovencito la cayó bien de entrada. Era relativamente bien parecido, modesto –
uno casi diría: un poco tímido – sencillo en su manera de ser y de comportarse;
tranquilo, respetuoso y siempre de buen humor, pero de un buen humor sin
exageraciones. Siempre dispuesto a sonreír, siempre con un comentario amable,
pero nunca confianzudo, chabacano o
vulgar.
Después de unos días, la que le dio trabajo
fue una viuda cuyo marido había sido el proveedor de las velas que la gente del
pueblo usaba para iluminarse. No era que el pueblo consumiera una cantidad tan
exorbitante de velas; pero la buena señora no tenía hijos, ya tenía sus años,
además de sus achaques, su reumatismo y demás molestias, y el trabajo en el
taller de velas se le hacía cada vez más difícil. Conocía muy bien el oficio
por haber estado durante muchos años ayudándole a su marido; pero se le hacía
muy cansador y pensó que un joven activo, agradable, con ganas de trabajar, le
vendría muy bien.
Gianpietro aprendió rápido. A los pocos
meses, las velas que salían de sus manos ya no se diferenciaban en nada de
aquellas que, en vida, había fabricado el esposo de su patrona. Todo el mundo
en el pueblito las usaba; todos estaban muy conformes y, cosa rara, algunos
estaban dispuestos a afirmar que las velas de Giampietro hasta eran un poco mejores
que las de antes. No faltó quien dijera que le parecía que duraban un poco más.
Según otros, incluso iluminaban un poco mejor.
Claro que nadie podía comprobarlo porque, como es obvio, las velas
antiguas ya se habían consumido y no se podía hacer una comparación real. La
gente comparaba las velas de Gianpietro, no con las velas de antes, sino con lo
que recordaba de esas velas de antes. Y cuando comparamos las cosas del
presente, no con las cosas del pasado sino con lo que recordamos del pasado, la
mayoría de las veces nos equivocamos porque a nuestra memoria le gusta ser un
poco caprichosa. A veces embellece las cosas. A veces las afea. A veces las
reproduce sólo a medias. En la mayoría de los casos recordamos sólo lo que queremos
recordar. Aunque, pensándolo bien, eso es bueno. Porque hay cosas que no vale
la pena retener y de las cosas que sí valen la pena lo importante es retener lo
esencial. Lo accesorio, por regla general, no cuenta.
La cuestión es que Gianpietro se quedó en
el pueblo y se ganó un lugar en el respeto y en la simpatía de la gente porque
no sólo era una buena persona sino porque, además, trabajaba bien, producía
cosas útiles y era agradable estar con él.
Así pasaron unos años. Con el correr del
tiempo la viuda falleció, Gianpietro heredó el taller, siguió trabajando y
siguió haciendo sus velas. A veces,
después de la labor del día y ya caída la noche, cerraba el taller, se
iba al cuarto del altillo que le servía de habitación y abría la ventana. En
esos momentos podía ver casi todas las casas del pueblo, con sus ventanas
iluminadas, y eso lo hacía sentirse contento. Hasta quizás un poco orgulloso.
Sabía que detrás de cada uno de esos rectángulos iluminados había vidas que sus
velas estaban iluminando. En esa casa de allí probablemente la mujer estaba
usando la luz para terminar de servir la cena. Más allá, en aquella otra, los
hijos del zapatero estaban haciendo los deberes de la escuela y la vela les
servía para iluminar los cuadernos. En aquella de más allá, esa bajita al lado
de la iglesia, el cura Atanasio estaba leyendo su breviario. Y en ésa, al final
del pueblo, Doña Mercedes seguramente estará refunfuñándole a Don Simeón, el
dueño de la taberna; en parte porque Doña Mercedes siempre fue incurablemente
rezongona y en parte también porque Don Simeón no sólo le sirve a los
parroquianos lo que éstos piden sino que también le gusta compartir con ellos
lo que pidieron.
En esas noches, cada ventana tenía su
historia para Gianpietro. Y en cada una de esas ventanas había una luz que, de algún
modo, era de él. O por lo menos él la sentía así. Y eso lo hacía feliz.
Después, algunos años más tarde, Gianpietro
conoció a Ana, la hija del maestro. Bueno, decir que la conoció es decir muy
poco. La pura verdad es que se enamoró perdidamente de ella. Y tuvo suerte, porque
fue correspondido.
Se casaron un viernes, en la iglesia del
pueblo, por supuesto, y durante mucho tiempo la gente recordó aquella
ceremonia: nunca la iglesia había estado tan iluminada durante un casamiento.
Cuando la novia entró, quedó casi encandilada y tuvo que detenerse durante
algunos segundos para acostumbrar la vista: a lo largo de las paredes, toda la
iglesia, toda, desde el altar hasta la entrada, estaba literalmente sembrada de
velas de los más distintos colores y tamaños, y todas brillaban con una luz tan
hermosa que a más de uno le pareció que había salido el sol.
El casamiento fue memorable pero después,
la vida siguió en el pueblo con la normalidad de siempre y la rutina de
siempre. Por lo menos en apariencia.
Lo extraño comenzó a suceder cuando, cosa
de un año después, Gianpietro y Ana tuvieron a su primera hija. Mejor dicho,
ocurrió en ocasión del bautismo de la pequeña.
El día
anterior al bautismo Gianpietro hizo una vela para alumbrar la
ceremonia. Fue algo que se le ocurrió de repente. No lo tenía pensado de
antemano. No fue algo previsto, ni establecido por la costumbre, ni hecho a
pedido de alguien. Simplemente, durante el trabajo, recordó de pronto que al
día siguiente bautizarían a su hijita y, casi como bajo la influencia de una
repentina inspiración, se puso a fabricar una vela. Una vela especial. Hecha
con muchísimo cariño y pensando en la nueva vida que acababa de venir al mundo.
Y resultó una vela realmente especial. Muy
especial.
Durante la ceremonia, sostenida por Ana,
alumbró el bautismo con una luz que parecía una caricia. Luego, una vez
terminado el acto, Gianpietro la tomó y la apagó con un soplido. Y ya en ese
momento se dio cuenta de que algo raro pasaba pero prefirió callar. Por un
lado, no estaba del todo seguro y, por el otro, no hubiera sabido explicarlo en
ese momento. Decidió esperar.
A la noche, cuando ya todos estaban en la
cama, subió a su cuarto del altillo y volvió a encender la vela y se quedó
mirándola. Había algo extraño, algo muy extraño en esa vela. Al principio no
acertó a determinarlo exactamente. Era una especie de sensación; como cuando sabemos
que algo no es como debería ser pero no sabríamos decir por qué. Durante un
largo rato Gianpietro sólo podía sentir que algo raro estaba pasando. Pero
después, de pronto, lo descubrió: ¡la vela no se estaba consumiendo!
Ardía. Daba una luz muy hermosa y muy agradable. Pero no se consumía. No se
derretía como una vela normal. Había, sí, un pequeño charquito de cera
derretida alrededor de la llama y apenas un hilito corriendo por el costado.
Pero nada más. A pesar de que estuvo largo rato encendida, la vela siguió
siempre igual.
La apagó. En realidad, estaba un poco
asustado. No podía comprender lo que estaba pasando. Prendió dos o tres velas de
las que había fabricado el día anterior y todas se comportaron normalmente.
Pero la del bautismo no. Esa encendía, levantaba un poco de temperatura y allí
se quedaba ardiendo sin consumirse.
Decidió no comentarlo con nadie. Pensó que
quizás era una especie de pequeño milagro válido sólo para el día del bautismo
de su hijita. Quizás la niña sería también una persona muy especial algún día y
el fenómeno no era más que una misteriosa señal de ese Alguien en cuya fe había
sido bautizada. Quizás el padre Atanasio tendría una respuesta a eso, pero
¿cómo preguntárselo? Además, ¿mantendría la vela sus propiedades?
No había respuesta a esas preguntas por el
momento, de modo que Gianpietro guardó la vela con mucho cuidado, guardó
también el secreto pero en su corazón y se fue a dormir.
Al día siguiente no pudo hacer ninguna
prueba. A la noche vinieron visitas trayendo regalos para la recién bautizada
y, por otra parte, tampoco quería llamar la atención encerrándose todas las
noches en el cuarto del altillo. Pero, en cuanto pudo hacerlo sin llamar la atención,
volvió a encender la vela. Y otra vez permaneció sin consumirse. Repitió la
experiencia muchas veces en los días sucesivos. En una de esas ocasiones la
dejó encendida durante toda la noche, tan sólo para poder comprobar a la mañana
del día siguiente que nada había cambiado. Al final se tuvo que convencer: la
vela no se consumía. Y era un misterio.
Cuando la mujer del talabartero tuvo un
hijo, el día anterior al bautismo Gianpietro hizo otra vela. La llevó a la iglesia,
iluminó con ella la ceremonia y después se la llevó a su casa. Casi no se
sorprendió cuando, al encenderla en su altillo, pudo comprobar que ésa tampoco
se alteraba. Tomó la de su hija e hizo la prueba de encender las dos. Ardían
igual; o casi igual. Pero ninguna de las dos se derretía como una vela normal.
Con el correr del tiempo, la práctica se le
hizo una especie de costumbre: cada vez que nacía un niño en el pueblo,
Gianpietro hacía esa vela especial. Y todas resultaban con la misma característica
misteriosa aunque, después de largas horas de observación, aprendió a notar algunas
diferencias. Se dio cuenta de que algunas brillaban más que otras. Había
algunas que, al encenderlas, inundaban el ambiente con una luz casi increíble
mientras que otras ardían modestamente, con un brillo cálido y agradable pero
que mayormente no llamaba la atención.
Así transcurrieron muchos años. Gianpietro
nunca se atrevió a comentar su secreto con nadie. En parte, él mismo no lo
comprendía. En parte, el fenómeno lo asustaba un poco. En parte temía que la gente
del pueblo creyese que había algo de hechicería en lo que le estaba sucediendo.
Quizás algunos hasta lo acusarían de brujería y, si bien él sabía que no era ni
siquiera parecido a un brujo, no estaba demasiado seguro de poder demostrarlo y
convencer a los desconfiados. Evidentemente había algo de magia en esas velas
pero ¿por qué la magia había de ser algo necesariamente feo y malo? La magia
que había en lo que él hacía no era ni tenebrosa, ni oscura, ni malévola. Todo
lo contrario. Era la magia de una luz que lo alumbraba todo, que permitía verlo
todo, destacando los colores, perfilando las formas, construyendo algunas
sombras y penumbras que sólo realzaban los objetos para que pudiesen ser mejor
apreciados. Si había magia en esas luces, era una magia que permitía ver mejor;
quizás hasta dejaba ver cosas que, con otra luz, quedaban casi ocultas.
Y ésa no era, no podía ser, una magia mala
porque Aquél que creó el Universo no lo hizo para ocultarlo. Cuando Dios creó
al mundo no lo hizo para esconderlo. Si hubiera querido hacer eso no hubiera
creado la luz; no hubiera separado la luz de las tinieblas casi como el primer
acto en absoluto de la Creación. Según las más antiguas tradiciones, primero
Dios creó los cielos y la tierra; pero lo que hizo inmediatamente después fue
crear la luz. Y no hubiera hecho eso si no hubiera querido que viéramos lo que
había creado.
Por eso ver bien, ver claramente, ver
mejor, no puede ser malo. Aunque, a veces uno vea cosas que no le gustan.
Aunque a veces a uno le duela ver ciertas cosas. O vea cosas que hacen daño. O
termine viendo cosas que no puede llegar a comprender.
Y quizás lo más importante de todo es que,
más allá de lo que uno puede llegar a ver, está el significado de las cosas.
Lo que ven nuestros ojos no siempre es lo más importante. Lo importante es lo
que “vemos” a partir de lo que nuestros ojos han visto, o a partir de lo
que creemos haber visto con nuestros propios ojos. Porque a veces las cosas no
son lo que parecen y significan otras que sólo se revelan bajo una luz muy
especial. A veces creemos que vemos y sólo estamos mirando. Como
que a veces sólo oímos pero no estamos escuchando. Los grandes
maestros sabios son justamente aquellas personas que nos saben guiar para hacernos
ver lo que sólo miramos y hacernos escuchar lo que solamente estábamos oyendo.
Y a veces ese gran maestro sabio es tan sólo un niño porque la sabiduría no
siempre es patrimonio exclusivo de los adultos y de los ancianos. Deberíamos
saber que la sabiduría es un don. Una gracia concedida. Por eso, otras veces,
ese maestro puede ser un buen artesano porque Dios no reserva la gracia de la
sabiduría a tan sólo ciertas profesiones.
Y ese artesano, bien puede ser alguien tan
sencillo como un fabricante de velas.
Después de muchos años de guardar su
secreto, un buen día, tras haberlo meditado largamente, Gianpietro tomó una
decisión. Guardó todas las velas que había fabricado en un cofre y las llevó a
la iglesia del pueblo. No le dijo nada al padre Atanasio; simplemente sacó las
velas del cofre, una a una, y las encendió ante el altar. Estaban solos y el
buen sacerdote miraba extrañado.
–
Obsérvelas, padre.
Después de algunos minutos el párroco
seguía sin entender. Lo miró a Gianpietro desconcertado, con cara de signo de
pregunta.
–
Siga mirando, padre. Son las que hice para los bautismos. Mire bien.
Y se quedaron los dos un rato muy largo en
silencio hasta que, por fin, los ojos del sacerdote se fueron abriendo en una
expresión de sorpresa que se hizo cada vez mayor a medida en que pasaban los
minutos.
–
¿Qué truco es este, Gianpietro? ¿Cómo lo lograste?
–
No es ningún truco, padre. Y la verdad es que no tengo la menor idea de
cómo lo logré.
Lo que siguió después fue una larga, muy
larga, conversación. Pero terminó siendo prácticamente circular. Con el
sacerdote queriendo saber cómo el artesano lo había hecho; y con el artesano
tratando de explicar que lo que estaba a la vista había sucedido sin que él
hiciese nada en especial.
–
¿Y aquí están todas las velas que fabricaste? – preguntó en un momento dado el párroco.
La cara de Gianpietro se ensombreció.
–
No, padre. No están todas.
–
¿Y dónde están las que faltan?
El artesano volvió a abrir el cofre y sacó
un pequeño puñado de velas:
–
Aquí.
– ¿Y
por qué no las encendiste?
Visiblemente incómodo, Gianpietro murmuró:
–
Porque éstas no prenden, padre. Estas ya no prenden ...
El sacerdote contó rápidamente las velas.
Cuando terminó, su rostro estaba pálido.
–
¿Son las que hiciste para ... ?
Gianpietro sólo asintió tristemente con la
cabeza. Al cabo de un largo silencio agregó:
– Y
no sé si es una ilusión mía, pero ...
–
¿... pero ...?
–
... pero estoy seguro de que eran las que más brillaban.
El padre Atanasio se quedó un rato con los
ojos clavados en el crucifijo del altar y con las manos entrelazadas como si
rezara. De pronto, sus ojos brillaron.
–
¡Claro! – exclamó, como quien
descubre la solución a un problema.
–
¿Usted lo entiende, padre?
–
Gianpietro; no sé si lo entiendo. Ni siquiera estoy muy seguro de que
esto sea para entender. Pero creo saber –
dijo, señalando a las que habían quedado en el cofre – por qué ésas eran las que más brillaban.
–
¿Por qué, padre?
–
Porque Dios es justo, Gianpietro; por eso. Porque a veces da, y a veces
quita, y casi siempre nos cuesta entender, y mucho más aceptar, por qué nos
quita algo que nos dio. Curiosamente, nunca hacemos preguntas cuando nos da y
siempre las hacemos cuando nos quita. Y, sin embargo, cuando por esos motivos
que sólo Él sabe nos saca algo, siempre nos compensa con alguna otra cosa. Esas
velas duraron menos que las demás; pero, en compensación, brillaron más que las
otras. ¿Te das cuenta?
–
¿Y por qué ahora no encienden?
–
Porque cumplieron con la misión que tenían. Fueron creadas para dar una
luz especial. Iluminaron lo que tenían que iluminar; hicieron posible que
veamos lo que Dios quiso que viéramos. Cumplieron con su función. Puede ser que
me equivoque, pero yo creo que ahora están brillando en otro lugar.
Y después de un breve silencio, el
sacerdote agregó:
–
De cualquier manera que sea Gianpietro, a nosotros nos toca averiguar
qué era aquello que Dios quiso que viéramos.
. .
. . . . . . . . . . . . . . . . .
A partir de aquél día, las velas de
Gianpietro permanecieron en la iglesia. Cada vez que nacía un niño en el
pueblo, se agregaba otra. Y a veces alguna, que había brillado mucho, se negaba
a prender y el padre Atanasio la retiraba con infinito cariño para guardarla en
el cofre junto a las otras.
Los que hoy pasan por el pueblito ya no
pueden ver las velas del mago de las luces, que es el apodo con el que la
leyenda registró el nombre de Gianpietro. La iglesia todavía sigue en pié y
cualquiera puede visitarla.
Pero las velas ya no están.
Cuentan algunos que se apagaron todas de
golpe el día en que llegaron los primeros cables de energía eléctrica. Según
otros, cuando Gianpietro se volvió tan anciano que ya no pudo fabricar más
velas, las de la iglesia comenzaron a derretirse y al final se apagaron. Pero
los habitantes más antiguos del pueblo dirán que ésas son solamente
habladurías. Según ellos, la verdadera leyenda del mago de las luces es otra.
Dicen que ocurrió un día de Navidad. Frente
a la iglesia, la gente del pueblo había levantado y adornado un gran árbol al pié
del cual colocaron un pesebre. Y en ese pesebre, las buenas personas pusieron
muchos regalos para los chicos pobres. Y cuando llegó el momento de iluminar el
árbol de navidad, a alguien se le ocurrió la idea de traer las velas de la
iglesia.
Cuentan que fue un espectáculo
impresionante. El enorme árbol brillando con un resplandor increíble fue algo
que se grabó en la memoria de todos los que lo vieron.
Pero lo más extraordinario sucedió después.
A la hora de repartir los regalos, hubo un
pequeño que tuvo que ser llevado en silla de ruedas por sus padres hasta dónde
estaba el pesebre. Estaba enfermo. Muy enfermo. Tanto, que los médicos ya se
hallaban al borde mismo de su ciencia en un desesperado intento por salvarle la
vida. Dicen que, cuando estuvo al lado del pesebre, el niño, muy despacio,
después de mirar todos los regalos como dudando cual elegir, se decidió al
final por un telescopio azul.
Recostado en su silla de ruedas, el niño
apuntó el telescopio hacia las estrellas y se quedó extasiado observándolas
como si las estuviese contando una por una. Todos se quedaron mirándolo
mientras él exploraba el Universo. Estuvo así un buen rato.
Hasta que, de pronto, sonrió.
Sonrió con esa sonrisa muy especial que a
veces tienen los enfermos cuando se pueden curar.
Después, dejó el telescopio, miró el
pesebre y juntó las manos.
Y en ese momento, todas las velas del árbol
comenzaron a derretirse.
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