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El anciano se recostó contra el tronco del
árbol y dejó que el verde del pasto de la pradera inundara sus mirada
produciéndole esa agradable sensación de sosiego que había estado buscando y
que era una de las principales razones por las cuales en realidad había llegado
hasta allí. Era una costumbre ya arraigada en él. Casi algo así como un ritual.
Desde pequeño, cada vez que precisaba poner sus ideas en orden, cada vez que
necesitaba meditar o resolver alguna difícil cuestión, iba a la pradera, se
recostaba contra un árbol y dejaba que el paisaje construyera un marco para sus
pensamientos.
De hecho, nunca había terminado de entender
a los otros que, como él, buscaban quizás las mismas respuestas pero desde el
encierro en oscuros recintos, sombrías recámaras o lóbregos claustros dónde
sólo, casi por equivocación, se extraviaba alguna que otra vez un despistado
rayo de sol.
¿Cómo se podrá pensar desde las
tinieblas? – se había preguntado, y más de una vez, el anciano. ¿Por qué
algunas personas, para tratar de pensar al mundo, huyen del mundo? ¿Por qué
recluirse si las cuestiones a solucionar y comprender están allá afuera; les
pasan a las personas que vemos y tratamos todos los días siendo que la mayoría
de las veces suceden a plena luz del sol? ¿Qué valor puede tener la oscuridad y
el casi total silencio si lo que uno busca es una luz que ilumine el camino y
un pensamiento hecho palabra que lo describa con la mayor perfección posible?
Si uno hace preguntas allí en dónde sólo por error se extravía un rayo de luz,
muy probablemente sólo por casualidad hallará alguna brillante respuesta.
Concedido: de seguro, el bullicio urbano
tampoco es el marco adecuado. La vida viene acompañada muchas veces de una
cantidad casi inmensurable de superfluidades: ruidos superfluos, apuros
superfluos, conflictos superfluos, vanidades superfluas, preocupaciones tan superfluas
que producen úlceras gástricas hoy tan sólo para demostrar mañana su casi
absoluta trivialidad. A veces, es como si para acceder a la esencia de la vida
hubiese que despojarla de varias capas de superficialidad insustancial. Como si
la vida tratase de escapar de la comprensión humana vistiéndose con
innumerables armaduras de inútil frivolidad; armaduras que luego hay que ir
quitando, una por una, para llegar al núcleo esencial que, al fin y al cabo, es
lo único que importa.
El anciano entrecruzó los dedos de ambas manos
poniendo las palmas sobre su cabeza, estiró las piernas y dejó que las
rugosidades del tronco del árbol se hicieran sentir en su espalda. Respiró
hondo. ¿Por qué será que muchas personas son tan adictas a los extremos? ¿Por
qué será tan popular aquello del “todo o nada”? ¿Por qué correr a encerrarse en
una celda oscura cuando lo único que se necesita es tomar un poco de distancia
de la locura ciudadana? Más de mil años atrás Aristóteles se había hecho preguntas
similares y había llegado a la conclusión de proponer un dorado término medio
como alternativa equilibrada a los extremos intransigentes. La propuesta
siempre había resultado atrayente. En principio, un buen término medio podía
ser una opción válida ante dos locuras extremas. Pero ¿era siempre la mejor
opción? ¿No era acaso el famoso término medio muchas veces nada más que un mero
pasaporte a la mediocridad? El “todo
en su medida y armoniosamente” de los antiguos sabios espartanos, ¿no era
acaso un simple eufemismo por no decir “jamás te comprometas; jamás
arriesgues; navega constantemente por el mar de las medias tintas”?
En algún punto de nuestra existencia, es
prácticamente inevitable que la vida nos coloque ante opciones excluyentes. La
pura verdad – y el anciano lo sabía – es que no siempre hay términos medios
posibles. No todas las magnitudes de la vida son divisibles por dos. No siempre
es posible lograr esas soluciones intermedias que tanto adoran aquellos que, en
lugar de solucionar los problemas, los estiran, especulando con que el tiempo
hallará la forma de volver irrelevante mañana lo que hoy tanto nos preocupa. No
hay realmente términos medios entre la honestidad y la deshonestidad; entre la
dignidad y la indignidad; entre la sinceridad y la falsedad; entre el honor y
la ignominia. Alguien dijo alguna vez que el honor es como la virginidad: se
tiene o no se tiene y se lo puede perder una sola vez. Y así como una mujer no
puede estar tan sólo parcialmente embarazada, un hombre no puede ser tan sólo
parcialmente íntegro. La integridad y el honor no admiten términos medios. Y
cuando valores como éstos están en juego, las respuestas son siempre por sí o
por no.
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Esa noche, el anciano sabía que se
enfrentaría con un problema espinoso. El rey de la comarca, se encontraba muy
enfermo y en sus horas de padecimiento, de pronto se había dado cuenta de la
trivialidad de todo lo hecho hasta ese entonces. Mirando hacia atrás, había
encontrado que nada de lo realizado terminaba de satisfacerlo. Había ganado batallas,
había avanzado sobre otros reinos conquistando otras comarcas y había
consolidado y ampliado su poderío. Había sido justo y equitativo con sus
súbditos. Los había defendido en la adversidad; nunca exigiéndoles sacrificios
innecesarios o tributos superfluos. Había velado por el bien de todos, sin
favoritismos y sin exclusiones. Vivía con sobriedad, con un nivel digno de su
posición pero sin ostentaciones superfluas ni despilfarros ridículos.
Sin embargo, en lo profundo de su corazón
el rey sentía un vacío. Había hecho todo lo que se esperaba de él, es decir: lo
que los demás habían esperado de él. Pero le parecía poco. Había sido un buen
rey. Pero no le parecía suficiente. Por eso había acudido al anciano sabio para
que le diera consejo. ¿Qué tenía que hacer para llenar ese vacío que, de alguna
forma, oprimía su corazón y lo despertaba, noche tras noche, para recordarle
una misión no cumplida?
El anciano conocía esa sensación. Los
grandes conductores de hombres la llamaban la soledad del mando. Los grandes
místicos la buscaban deliberadamente a fin de poner en orden sus ideas y su fe.
Probablemente eso explicaba su huida del mundo. Al menos por un tiempo. En
realidad, todos los que habían hecho grandes cosas, o pasado por grandes
penurias; todos los que – por alguna razón o por otra – habían sufrido mucho y
se habían hecho muchas preguntas, conocían esa sensación. Ese vacío interno que
tanto oprimía y que parecía tan difícil de llenar.
¿Qué le podía llegar a decir esa noche el
anciano sabio al rey?
Por de pronto le diría que todos tenemos
una misión. La vida misma, al sernos dada, nos impone una misión, lo queramos o
no. Es la misión de vivir esa vida al máximo pleno de las posibilidades que
tengamos y de las que se nos brinden. Es vivirla hasta agotarla pero, al mismo
tiempo, construyendo cosas por el camino para facilitarle el cumplimiento de
esa misma misión a los demás. Pero esa misión no es elección nuestra. Nos es
dada. La vida la ofrece a todos y a todos les da la posibilidad de cumplirla
porque la vida nunca nos exige más de lo que podemos dar. Esa misión es lo que
las personas íntegras sienten como su Deber y es esa misión la que les da el
sentido del cumplimiento del Deber. Por eso las personas auténticamente íntegras
no claman tanto por sus derechos sino por oportunidades concretas que les
permitan cumplir acabadamente con su Deber.
Por supuesto, también sucede que muchísimas
personas caminan por la vida sin darse cuenta de que tienen esa misión. Con
todo, algunos saben – o, por lo menos, están enterados de que la tienen. Pero
incluso hay muchos que se pierden en el fárrago de lo cotidiano y terminan
corriendo detrás de objetivos que no tienen absolutamente nada que ver con su
verdadero Deber. Con lo que malgastan toda la vida en esas cosas superfluas que
han inundado nuestra existencia, tan sólo para darse cuenta al final del camino
que todos los honores, todas las dignidades, todas las felicitaciones y todos
los reconocimientos cosechados por el camino fueron solamente aplausos al
viento.
Otros, sin embargo, son concientes de la
misión que la vida le otorga a cada uno de nosotros. Saben que, si tienen un
don – y aunque ese don no sea más que el don del zapatero de hacer buenos
zapatos, o el don del carpintero de construir buenas mesas, o el don de
sobrellevar con dignidad los problemas y las dificultades que nos presenta el
destino – ese don debe ser ejercido, perfeccionado y puesto al servicio de los
demás. Aunque más no sea como ejemplo para los otros. Aunque más no sea para
demostrarle a todo el mundo que se puede. Aunque más no sea para darle a los
demás un pequeño punto de apoyo que les permita aprender algo que no saben.
Aunque más no sea para poner un pequeño ladrillo sobre el que otros se podrán
apoyar para poner más ladrillos. Y no importa el tamaño de ese ladrillo. Ni su
ubicación. No importa que sea pequeño o grande; ni que esté en un lugar importante
o secundario. Lo que importa es que esté bien puesto y que sea sólido y
confiable. Eso es cumplir con nuestro Deber. Con el Deber que la vida le
confiere a cada persona. Las personas que ponen ese ladrillo pueden sentirse ya
satisfechas, con esa satisfacción que da – precisamente – el Deber cumplido.
Lo esencial es entender que la misión que
la vida nos otorga no tiene por qué ser una cosa tremendamente grandiosa y
extraordinaria. La vida no nos exige nunca más de lo que podemos dar. Las cosas
grandiosas y extraordinarias las exige de aquellos a quienes les ha dado, también,
dones grandiosos y extraordinarios: a los grandes artistas, a los grandes
sabios, a los grandes constructores, a los grandes conductores y a los grandes
creadores. Cada uno de nosotros tiene el Deber que puede cumplir. Por supuesto
que eso no significa que sea fácil cumplirlo. Seguramente requerirá esfuerzo,
dedicación, constancia y hasta es muy posible que implique grandes
sufrimientos. Pero podemos cumplirlo. Si la vida es una creación de Dios y Dios
nos ha tejido a todos como un Padre en el seno de nuestras madres, no es concebible
que nos exija lo que no podemos hacer porque un padre nunca exige de sus hijos
una tarea para la cual previamente no les ha dado la capacidad de cumplirla.
Pero después, algunas personas se dan otra
misión. Una misión adicional. Una misión elegida voluntariamente. Una misión
más allá y a veces hasta diferente de la que nos da la vida. Hay personas que
se sienten capaces de hacer, de construir, de averiguar, de saber, de crear, de
organizar, de conducir. Y se imponen a si mismas una misión. Y los grandes héroes
hasta llegan a inmolarse en el cumplimiento de esa misión. Se imponen un Deber
más allá del Deber que impone la vida. Quieren ir más lejos. Quieren empujar
fronteras. Quieren abrir caminos, descubrir oportunidades, posibilidades,
alternativas. Los impulsa un fuego sagrado que los lleva hasta el extremo de
intentar lo imposible. O, por lo menos, lo que los demás seres humanos creen
que es imposible.
Este fuego sagrado ha estado en muchas personas.
En un Cristo que predicó la vida eterna y para dar testimonio de sus palabras
abrió los brazos y se dejó clavar en una cruz. En los esposos Curie que
abrieron el camino para que tengamos acceso a la más fantástica fuente de
energía jamás descubierta. En un Werner von Braun que nos abrió las puertas del
espacio sideral aún en medio de una catástrofe de muerte y destrucción. En un
Pasteur que, contrariando casi todas las opiniones de sus contemporáneos,
consiguió mostrarnos el origen de muchas de nuestras enfermedades y
problemas. En miles y miles de grandes
y no siempre conocidas personalidades de la Historia gracias a las cuales hoy
tenemos la posibilidad de saber más, de hacer más y hasta de ser mejores.
Son esas personas las que pueden llegar a
sentir el vacío interno. Esa opresión que produce el sinsabor de saber que el
Deber no está acabadamente cumplido. Que hay más para hacer. Que se podría
haber hecho más. Que las cosas se podrían haber hecho mejor. Esa era la situación
del rey. Había cumplido con el Deber que la vida le impusiera, pero no había
conseguido cumplir con el que él mismo se había impuesto. En su interior ardía
esa llama sagrada que lleva a algunas personas a hacer grandes cosas y como las
grandes cosas nunca terminan de hacerse del todo, ahora esa llama sagrada le estaba
quemando el corazón. ¿Qué podía el anciano sabio hacer frente a esto?
El sol se ponía lentamente en el horizonte
despidiéndose del día con un fantástico abanico de sinfonías en rojo. El anciano
miró el ocaso y su mente comenzó a estructurar el mensaje.
Nunca tenemos todo el tiempo que
quisiéramos tener. El día tiene solamente una duración limitada y nuestras
fuerzas también son limitadas. Pero la vida no es una línea recta. No existen
las líneas rectas en el universo. Hasta los matemáticos saben eso. Vivimos en
círculos, en espirales, en ciclos, en reiteraciones constantes con incrementos
a veces imperceptibles pero que hacen la diferencia. El sol que se pone hoy es
el mismo sol que se levantará mañana pero el día que hoy termina no volverá
nunca más y el día que comenzará mañana será otro día. Nuestro paso por el
mundo está hecho de atardeceres y amaneceres y quizás el gran error que cometen
algunos de aquellos que sienten en su interior el fuego sagrado es el de
suponer que ese fuego les pertenece con la misma propiedad e intimidad con que
les pertenece la misión que se han impuesto. Con lo que creen que el vacío que
sienten en su interior es producido por ese fuego sagrado que no llegó a
consumirse totalmente.
Y no es así. Podrá haber – y de hecho
siempre hay – un último atardecer para cada uno de nosotros. De hecho, dentro
de miles de billones de trillones de años, en algún momento, es posible que el
sol que hoy se pone sobre este planeta ya no desplegará su fantástica sinfonía
de colores al desaparecer bajo el horizonte. Pero mientras haya vida en el
Universo, no importa en qué rincón y en qué lugar, existirá y arderá ese fuego
sagrado que produce aquellos pequeños incrementos que hacen del círculo de la
rutina diaria una espiral en constante perfeccionamiento.
El secreto está en saber que ese fuego
sagrado no es nuestro. Como que tampoco es nuestro el tiempo. El fuego y el
tiempo nos son dados. Así como la vida no es exclusivamente nuestra y sólo
tenemos el privilegio de participar de ella en calidad de seres humanos; del
mismo modo el tiempo y el fuego son del Universo entero y nos son dados para
que hagamos con ellos algo hermoso, algo útil, algo bueno, algo necesario – y,
excepcionalmente, algo realmente importante.
Por eso, tenemos que tener un poco de
cuidado con las misiones que nos imponemos. La vida nunca nos exige más de lo
que podemos dar. Pero quizás, con frecuencia, podemos cometer el error de
exigir de nosotros mismos más de lo que estamos en condiciones de cumplir.
. .
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El anciano se levantó del lugar con los
últimos rayos de luz. Había conseguido ordenar sus pensamientos y ya sabía lo
que le diría al rey.
Le diría que había cumplido con su Deber y
que podía sentirse satisfecho simplemente por haber sido un buen rey. Que eso
era todo lo que la vida esperaba de él y todo lo que cualquier ser humano podía
exigirle. Había tenido una conducta digna. Digna en cuanto a su valor inmanente
y por lo tanto digna de ser imitada por los demás. Había puesto algunos
ladrillos para que otros siguiesen construyendo. Tenía, por lo tanto, todo el
derecho del mundo a sentir la satisfacción del Deber cumplido y de estar en paz
con su conciencia.
Seguramente, había cometido también
errores. Quizás no siempre había sido justo. Quizás no siempre había sido ecuánime.
Quizás no siempre había conseguido hacer lo correcto. Pero el no cometer
errores no es lo importante. Lo importante es no persistir en ellos. Lo
importante es usarlos como herramientas de aprendizaje. Es cierto que los
errores no se perdonan sino que se corrigen. Pero también es cierto que se perdonan
cuando se corrigen o, al menos, cuando sinceramente se los ha intentado
corregir.
Y en cuanto a su angustia, le diría al rey
que esa angustia – por más dolorosa que fuese – es el privilegio de los mejores
y el signo distintivo de los Inmortales. Es el hueco que sienten en su pecho
quienes, más allá del Deber, se han impuesto una Misión. Porque, por
desgracia, la enorme mayoría de las
misiones que las personas realmente grandes se imponen requeriría un tiempo del
cual lamentablemente no siempre disponemos y es por ello que la mayoría de las
Grandes Misiones quedan, de algún modo, siempre inconclusas.
Pero también le diría al rey que ésa es
solamente una parte de la historia. Porque el hueco en el pecho es solamente el
lugar en dónde arde la llama sagrada. Y el secreto es saber que esa llama no se
apaga jamás. Esa llama seguirá ardiendo aún después de que el sol, dentro de millones
de trillones de años, se haya apagado. Esa llama es una antorcha que pasa de mano
en mano y arde en el corazón de los hombres que hacen la diferencia. De
aquellos que son capaces de darle al círculo de la rutina ese pequeño
incremento radial que lo convierte en la espiral de la evolución. De aquellos
que, de alguna manera, directa o indirectamente, con cosas grandes o pequeñas,
con importantes descubrimientos o simplemente con una conducta digna e íntegra,
han ayudado a otros a saber más, a hacer más y hasta a ser un poco mejores.
Le diría al rey que el lugar de su dolor es
el lugar que ocupa esa antorcha. Como toda antorcha, ésta también tiene un
fuego que quema y produce dolor. Pero el fuego no sólo quema sino también
alumbra el camino. Y le diría al rey que cuidara esa antorcha. Porque está
destinada a no ser jamás apagada. Porque en algún momento, en algún lugar, de
alguna manera o forma, otra persona – ya fuese rey, mendigo o simple mortal –
la levantaría y la seguiría llevando por otro trecho del camino.
El anciano inició el camino de regreso. Era
de noche ya y en el cielo habían hecho su aparición miríadas de estrellas. Las
miró mientras caminaba y, como último pensamiento, se le ocurrió pensar en la
multiplicidad de las posibles dimensiones de nuestro saber. Porque esas estrellas
podían concebirse como millones y millones de soles esparciendo su luz por los
rincones del Universo; algunos de ellos muertos ya pero cuya luz todavía nos
seguía llegando y otros, recién nacidos, cuya luz aún no nos ha llegado.
Pero, por el otro lado, también esas
estrellas podían imaginarse como millones de antorchas navegando en el tiempo,
sostenidas por las manos de todos aquellos que se han impuesto una Misión en la
vida, más allá del Deber que la vida les asignó al nacer.
Caminando de regreso, el anciano sabio comprendió
de pronto que él también había conseguido descubrir algo esa tarde: las
antorchas pasan de mano en mano. Dónde alguien deja la suya, otro la levanta y
la sigue llevando. Es una tradición que nunca se interrumpe. Porque así como
Dios ha creado a los buscadores de luz, también sabe cuando poner el fuego
sagrado en manos de un portador de antorchas.
Y a veces los unos se convierten en los
otros. A veces los buscadores de luz se convierten en portadores de antorchas y
a veces los portadores de antorchas extravían la suya y se convierten en
buscadores de luz. Pero, en última instancia, no es eso lo que cuenta. Lo que
realmente importa es que el fuego sagrado de las antorchas nunca se apaga
porque siempre encuentra un corazón noble que lo cobija y le sirve de hogar.
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